I
Nosotros soñamos con el enajenado anhelo de lo incierto
frazada y laja de lo terso y lejano que en profundo paraje
de nuestra propia locura; pululamos como espectadores,
nosotros que nacimos para soñar refinando al juego.
Transcurrían los días en letargo de mieles que derramamos
sobre acrílico y espaldas,
ahí descubrí contornos azulinos en breves penumbras,
navegación estéril sobre las cuencas todas de tu cuerpo,
vaciándote sobre tu piel las pieles mías, mis pieles todas,
cuando antifaces de placer y orgasmo minimal cayeron
y rompieron al suelo porcelana fina del abismo que dejamos.
Los viajes de torcidas carreteras por aquellas faldas de aserrín
donde habitaron los pastos del asombro y del deseo cansado,
vacilaban las curvas de la sierra tu nombre despidiendo aromas
vegetales y vainillas recién salidas del cenit del universo.
Aglomeradas salitres de tu mano a mi mano dieron lluvia,
entonces yo reía como hijo tuyo y tu reías también
i n c e s t u o s a m e n t e.
Aquellos días suenan en calor de catedrales, donde repican
las bestiales campanas cual metrónomo al dolor que abandonaste,
ahí donde sembramos con esmero partículas de alfombras.
Crecían hierbas en canales azufrosos sembrados por dioses de azotea.
Ébano de tabla herido al tallar de nuestros días,
mortal quebrar de lajas que dividen arcas y ataúdes.