viernes, 10 de diciembre de 2010

palabras de otro cuerpo

...cuesta. Cuesta trabajo. Como cuesta.
Todos esos detalles que se pueden ver en el techo del cuarto donde duermo, con tiempo, con calma. -cuesta.

Las enredadas sabanas molestan, el sol pica atravesando las grietas encimadas, el aire denso, la sensación de la mañana.

Cuesta.

El cuerpo torcido, se queja. El vértice espinal, el peso sobre la espalda, los ojos cansados después de dormir, morir. -cuesta.

Aliento desabrido, amargo, lapsos de eternidad revolotean atontados entre cada parpadeo. -Es cierto, en verdad, cuesta.

Las manos desatadas, hiriendo los dedos lentamente las hendiduras del viejo colchón, acariciando mecánicamente los bordes de la cama. -cuesta.

Hay un mundo que va despertando poco a poco afuera, tengo rato escuchando las cosas respirar, comienza levemente a levantarse el polvo de la calle, la nube sube, llega al sol, se evapora. La hoja verde está rozando la ventana, suenan los cascos de los caballos hiriendo la inconsolable laja de los viejos caminos, los rebozos de las señoras llevan niños, lloran cuando pasan junto a la casa, las telas de colores increíbles les asfixian, les estorban. Las bestias sacuden las mandíbulas de frio, tiemblan las casas de palma, de barro, del adobe. Tiemblan también las cosas mías, llevan piedras estos riachuelos desconectados, rompe la garganta del zopilote el silencio, los puntos, los relieves los abismos; no tienen sentido.

Sin embargo cuesta. Cuesta comprender por qué mi cuerpo yace aquí embrocado, tirado a la buena de nadie, animal herido de vida, mal suturado, enfermo de nostalgia terminal. Cuesta comprender, tú también lo sabes.

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