domingo, 10 de abril de 2011

X

Todas las soledades llevan tu nombre,
todos y cada uno de los momentos
en que mi alma se ha vaciado hasta quedar extinta.
Todas las soledades llevan tus tonos de cabellos;
todos aquellos con los que dormí mil noches;
todos sus nombres los recuerdo.

[Todas las edades, todas las miserables capas, todas].

Mi cuerpo revuelto en la penumbra
se retuerce en contorsiones de agrio pasado.
Sus ensayos, sus tesis, sus preguntas, sus dialectos,
sus llamadas, sus locuras, sus caricias,
sus mentiras, sus ausencias, sus distancias,
sus dolores, sus angustias, sus viajes, sus bufandas,
sus eternidades, suspendidas, todas quietas,
incrustadas para siempre en este espiral,
circulo de fuego y semen, tiempo y huesos;
polvo del polvo de su tierra, de la tierra de su muerte,
de su muerte mía.
Tierra de su caja,
tierra de mis ojos que lloraron hasta secarse
como dos pedazos de madera.

¿Acaso llevaste alguna vez mi mano en el desierto?

Profundamente se que ya no estás conmigo,
mi espalda se quiebra como una paja de trigo,
mis brazos sostienen tus sombras en las noches,
mi boca le habla mientras estoy dormido,
tan breve que fue, tan corto quedo todo,
tan pequeño, tan triste, tan limpio.

Mi canto te llama por las madrugadas,
partido el cuerpo por la grieta del olvido,
se esfuma y siguen mis pies andando todos los días,
todos los días sobre la tierra, sembrando las mismas cosas,
dejando las mismas huellas.


Mi alma te busca entre las marañas y los vórtices que fuimos,
haciendo a un lado los menesteres del espacio,
del tiempo, del olvido.
Traba la quijada ese olor de huesos rotos,
de carne roja cortada por el sol,
de sueños que cayeron lentamente hasta volverse el mismo abismo.

[Me duele tanto que no estés conmigo].

Me duele tanto que tus pies ya no anden mas sobre esta tierra;
La tierra que dejaste para que yo te siguiera escuchando,
los grillos y las estrellas y este terrible dolor maldito
que me hace escribirte aunque ya jamás me leas.

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